Carmen Domínguez, miembro de la Federación de Familias de Schoenstatt en Chile, fue elegida el 23 de junio de 2026 como integrante del Comité de los Derechos del Niño de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), para el período 2027-2031. La abogada chilena obtuvo 112 votos en una elección celebrada en Nueva York, asegurando uno de los nueve puestos disputados por 16 candidatos.
Con más de 35 años de trayectoria en los ámbitos del Derecho Civil, la familia y la infancia, Carmen asumirá esta nueva responsabilidad internacional en marzo de 2027. Para ella, sin embargo, este camino profesional está profundamente unido a una convicción que ha marcado también su vida en Schoenstatt: poner los dones y capacidades recibidos al servicio de los demás.

Carmen, ¿podrías contarnos un poco sobre tu carrera y el camino que has recorrido hasta ahora?
He tenido la oportunidad de trabajar durante 29 años en la Pontificia Universidad Católica de Chile, en Santiago. Allí he podido desarrollar también un importante apostolado y formarme y trabajar en un lugar donde la presencia del Señor y la vida eclesial forman parte esencial de la historia y de la identidad.
Esto ha sido para mí siempre un impulso para trabajar en el apostolado y para salir, quizás, de la comodidad de la propia vida. Durante varios años fui miembro del equipo jurídico asesor de la Conferencia Episcopal en Chile y he tenido la oportunidad de colaborar con la Iglesia en diversas materias. Todo ello ha fortalecido en mí una profunda convicción: que debemos estar al servicio de los demás y aportar, con las capacidades que hemos recibido, allí donde somos llamados a hacerlo.
Desde que ingresé a trabajar en la Universidad, muy pronto comencé a desempeñarme en el ámbito de la familia. Uno de los rectores me pidió crear un centro dedicado al estudio y a la promoción de la familia dentro de la Universidad, y lo dirigí durante 13 años. El Centro tuvo —y sigue teniendo— una participación muy activa en el desarrollo y debate de las políticas públicas en Chile.
También he sido abogada integrante, es decir, ministra suplente, de la Corte de Apelaciones de Santiago, donde tuve igualmente la oportunidad de conocer y resolver asuntos relacionados con el derecho de familia.
Así fue como comencé un largo recorrido de trabajo en temas relacionados con la familia y la infancia. Durante muchos años he desarrollado proyectos de investigación sobre estas materias y he participado en distintas instancias de debate sobre políticas públicas en Chile. También he tenido una participación activa en el Congreso, interviniendo en la discusión de diversos proyectos de ley que inciden en la realidad de las familias y de la infancia, así como en comisiones presidenciales relacionadas con las condiciones de vida de las familias, los niños, las niñas y los adolescentes.
¿Qué significó para usted recibir la noticia de su elección para el Comité de los Derechos del Niño de la ONU?
Por supuesto, ha sido una gran alegría. Es muy difícil resultar elegida, porque la Convención sobre los Derechos del Niño es el tratado internacional más ratificado de la historia: ha sido ratificado por todos los países del mundo, salvo Estados Unidos. De manera que, en esta elección, votaban prácticamente todos los países del mundo.
Mi candidatura fue presentada un mes y medio antes de la elección y, normalmente, estas candidaturas se presentan con mucha anticipación. Por lo mismo, había que hacer todo el trabajo en un período muy breve. Y, bueno, gracias a Dios, junto con la Cancillería chilena pudimos realizar un trabajo muy profesional.
Yo tuve que viajar a Nueva York durante ese período y allí me entrevisté con 35 encargados de las elecciones de distintos países del mundo. Así que esa experiencia ya era un honor y había sido una gran oportunidad. Y resultar elegida, evidentemente, es un gran honor. Antes de mí, solo hubo otra chilena que perteneció al Comité, que está integrado por 18 miembros y cuyos integrantes se renuevan cada dos años.
Es una alegría también por mi país, que estuvo muy comprometido con esta candidatura y con la elección. Si bien, una vez que asuma como miembro del Comité, no representaré a Chile, sino que pasaré a formar parte de un organismo internacional encargado de supervisar el cumplimiento, por parte de los Estados que han ratificado la Convención, de los compromisos establecidos en ella.
¿Podría darnos más detalles sobre la labor del Comité de los Derechos del Niño?
La principal tarea del Comité es revisar los informes sobre el cumplimiento de la Convención que todos los Estados que la han ratificado deben presentar cada cinco años.
El Comité desarrolla sus funciones en Ginebra, ya que allí tienen su sede los organismos de derechos humanos de las Naciones Unidas. Mi trabajo supone asistir a las sesiones ordinarias, que en principio son tres al año, pero también implica todo el trabajo de estudio y preparación de los informes que se revisan en ellas.
La infancia atraviesa absolutamente todos los ámbitos de la vida y, por lo tanto, son muchas las materias y áreas que habrá que estudiar y en las que yo tendré que profundizar, porque, evidentemente, no todas las domino ni es posible dominarlas todas.
Llego al Comité con la convicción de que es necesario seguir reforzando la protección de la infancia. No existe ningún país en el mundo que pueda afirmar que cuenta con una protección perfecta. Los desafíos son enormes y, de alguna manera, las necesidades y los problemas que los Estados deben enfrentar en esta materia son permanentes.
Pensemos, por ejemplo, en todos los desafíos que plantean hoy para la infancia los medios digitales, las redes sociales y la inteligencia artificial. Son ámbitos en los que no tenemos ninguna experiencia previa en la historia y que requieren, por lo tanto, una gran capacidad para identificar tanto las ventajas como los riesgos y problemas que pueden plantear para el desarrollo integral de la infancia. En ese sentido, asumo la responsabilidad de participar en el comité con mucho orgullo, sabiendo que es un desafío enorme.
¿Cómo el Movimiento de Schoenstatt se convirtió en parte de tu vida?
Llegué a Schoenstatt a fines de mi primer año de universidad, porque uno de mis compañeros de curso era schoenstattiano. Ese mismo año conocí a mi marido, que participaba en el mismo grupo de vida de la Juventud Masculina que este compañero mío.
Precisamente durante el mes de María —que en Chile se celebra del 8 de noviembre al 8 de diciembre— empecé a pololear, como decimos en Chile, con quien hoy es mi marido. Luego participé en la Juventud Femenina durante toda mi vida universitaria, al igual que él, que en ese tiempo fue fundador de los Pioneros. En aquel entonces vivíamos en Concepción y nuestro santuario era el Santuario de Montahue.
Más adelante nos fuimos a Madrid para realizar nuestros estudios de doctorado, donde seguimos participando en el Movimiento. Allí nos integramos a la Rama de Matrimonios. Posteriormente regresamos a Chile y nos fuimos a vivir a Santiago, donde ingresamos a la Federación de Matrimonios, en la que seguimos participando hasta el día de hoy.
Schoenstatt ha sido una parte muy importante de mi vida y, sobre todo, una forma muy significativa de vivir la espiritualidad y profundizar en la fe.
Además, he tenido el regalo de contar siempre con un grupo: primero en la Juventud Femenina, luego en la Rama de Matrimonios y, finalmente, con mi curso de la Federación. Estos grupos han sido —y siguen siendo— un pilar, un apoyo y un soporte muy importante para mi vida y la de mi familia.
Por lo mismo, la Mater ha cruzado toda nuestra vida. Y, la verdad, no podría hablar de mí ni pensar mi vida sin el Señor y sin la Mater.
¿Qué esperanza ve para las nuevas generaciones, a pesar de los desafíos que enfrentan los niños en la actualidad?
Por supuesto, a veces es muy difícil mirar con esperanza el desarrollo futuro de la humanidad y, por lo mismo, también el futuro de la protección de la infancia. Es difícil hacerlo cuando uno ve conflictos bélicos tan graves en el mundo, que parecen no terminar nunca; cuando ve la pobreza que subsiste en tantos lugares; o las situaciones de vulneración de los derechos humanos de niños y adolescentes en tantas partes del mundo.
Por otra parte, uno debe creer siempre en que será posible avanzar y reconocer cada vez más la necesidad de proteger a la infancia. De alguna manera, hoy existe una mayor conciencia de esta necesidad como nunca antes.
Por lo pronto, existe la Convención sobre los Derechos del Niño, y los Estados que la han ratificado están obligados a responder internacionalmente por el desarrollo de políticas, medidas y normas que aseguren que todo niño o niña pueda llegar a ser la maravillosa persona que está llamada a ser.
Entonces, si bien es cierto que, por un lado, existen situaciones que desalientan y vemos cómo miles de niños resultan cotidianamente afectados y limitados, con posibilidades reales de desarrollo que se vuelven muy complejas, por otra parte, también es verdad que, como nunca antes, existe una mayor conciencia de que ellos deben ser protegidos.
Hoy se reconoce cada vez más que los niños, niñas y adolescentes son sujetos de derecho y que, por lo tanto, poseen una dignidad que debe ser respetada. Y creo que precisamente allí podemos encontrar una razón para mirar hacia el futuro con esperanza.
¿Hay alguna experiencia en el Santuario o en la vida de la Alianza que haya marcado tu preparación para esta misión?
Quizás la experiencia más importante de mi vida y de la Alianza de Amor, que me prepara para vivir esta nueva tarea, es la clara experiencia que he tenido en distintos momentos de mi vida y en las circunstancias difíciles que me ha tocado vivir: la certeza absoluta de que el Señor y la Mater me acompañan.
No estoy asumiendo esta tarea sola, sino tomada de la mano de ellos. Estoy convencida de que, si Dios ha puesto esta tarea en mi vida, es porque también me dará la fuerza necesaria para llevarla adelante y, sobre todo, me alentará a realizarla con el rigor, la seriedad y el profesionalismo que esta misión requiere.
Es, como vuelvo a decir, una tarea inmensa. Implica mucho trabajo, además de las responsabilidades que ya tengo aquí en Chile. Tengo a mi marido, a mi familia y, por supuesto, una serie de otras responsabilidades, tanto personales como profesionales, que evidentemente no se van a suspender por asumir esta nueva tarea. Pero, en definitiva, la asumo con la confianza de saber que no la llevo adelante sola.
¿Cómo pueden los miembros del Movimiento de Schoenstatt contribuir concretamente a la promoción y la defensa de los derechos de los niños en su vida cotidiana? ¿Qué mensaje le gustaría dejar a la Familia de Schoenstatt al asumir esta responsabilidad internacional?
La forma concreta en que todos los miembros de Schoenstatt pueden contribuir a mejorar las condiciones de vida de los niños y a promover y defender sus derechos es, en primer lugar, dentro de su propia familia. Si son padres, acompañando verdaderamente el desarrollo de sus hijos en todas las etapas de su vida y ofreciéndoles las mejores condiciones posibles para crecer y desarrollarse plenamente.
Por otra parte, aquellos miembros de Schoenstatt que tienen la oportunidad de trabajar en distintas instancias, ya sea dentro de la Iglesia o en los países y comunidades donde viven, pueden comprometerse concretamente en tareas relacionadas con la formación, la educación y el acompañamiento de los niños. Pueden contribuir a su educación en valores y trabajar para que todos los niños tengan verdaderas oportunidades de desarrollarse en las mejores condiciones posibles.
Sabemos que el futuro de los países y el futuro de la humanidad descansan en las nuevas generaciones. Son ellos quienes, cuando lleguen a la edad adulta, tomarán el timón. Por eso, todo lo que se invierte en su formación, en su educación y en su desarrollo es fundamental para mejorar las condiciones de vida de los niños en todas partes del mundo.
Los schoenstattianos tenemos, además, una vocación muy particular de promoción y defensa de la familia. Por eso, creo que estamos llamados a asumir esta vocación también como un compromiso concreto: allí donde estemos, debemos trabajar para promover el respeto, la dignidad y la protección de todos los niños.
Ese sería, precisamente, el mensaje que me gustaría dejar a la Familia de Schoenstatt: que nuestra vocación por la familia y por la construcción de un mundo más humano se traduzca también en un compromiso efectivo con la protección y el desarrollo integral de cada niño.
