Hemos llegado a la era de la IA con grandes logros tecnológicos, avances impresionantes y, al mismo tiempo, muchas dudas. Hoy en día, el medio de transporte más rápido del mundo, el tren Maglev de Shanghái, alcanza los 431 km/h, rompiendo barreras que antes ni siquiera se habían soñado. Podemos comunicarnos con personas de cualquier parte del planeta —o incluso en la Luna, como nos lo demostró recientemente la expedición Artemis II—. Vivimos en un mundo en el que las distancias parecen acortarse, pero, paradójicamente, las divisiones se vuelven cada vez más profundas.
En 2026, el Día de la Alianza de Amor nos invita a renovar nuestra misión en un mundo marcado por la polarización y el radicalismo. En muchos países, el diálogo da paso a la intolerancia y la paz se vuelve cada vez más frágil. Las personas, las familias y las naciones se ven divididas por conflictos que parecen levantar muros cada vez más altos. Desde su elección, el Papa León XIV ha advertido que debemos comprometernos concretamente por la paz. Ante esta realidad, miramos hacia nuestro tiempo y nos preguntamos: ¿cuál es nuestro papel como Familia Internacional de Schoenstatt?
Cuando nuestro Padre y Fundador, el P. José Kentenich, se atrevió a escribir la carta del 31 de mayo, tenía en su mira el bien de la Iglesia y el destino de nuestra cultura. Nuestro Padre afirma que María tiene una misión para este tiempo y que desea llevarla a cabo desde el Santuario de Schoenstatt. Esta misión es la Alianza de Amor —¡y tú y yo formamos parte de ella!

Esta misión es la Alianza de Amor: ¡queremos ser la respuesta de María al mundo!
El P. Kentenich identificó una de las raíces profundas de las divisiones de nuestro tiempo: el pensamiento mecanicista. Según él, el hombre contemporáneo está enfermo, y esa enfermedad se manifiesta en una mentalidad que separa lo que debería permanecer unido.
Podemos reconocer sus efectos en la vida cotidiana. Basta con observar ciertas discusiones políticas, los conflictos sociales e incluso las conversaciones en redes sociales. En lugar de escuchar, se buscan argumentos para desacreditar al otro. En lugar de reconocer algo bueno en quien piensa diferente, solo se ve lo que nos separa.
Así es como las divergencias pueden dar lugar a polarizaciones; estas pueden alimentar el radicalismo y, poco a poco, las diferencias se convierten en muros. Lo que podría ser una oportunidad de enriquecimiento mutuo termina convirtiéndose en motivo de confrontación.
El P. Rafael Fernández explica esta mentalidad de la siguiente manera:
«Esta forma de pensar o esta mentalidad mecanicista separa mecánicamente los elementos de un todo que, en realidad, están unidos. No es capaz de ver la parte en el todo, ni el todo en sus partes. […] el pensamiento mecanicista considera como elementos separados y opuestos entre sí que, por sí mismos y por voluntad de Dios, constituyen un conjunto orgánico, en el que están llamados a complementarse, apoyarse y fecundarse mutuamente. Separa mecánicamente donde hay unión; divide y opone donde solo hay diferencias o polaridades destinadas a la complementación mutua». [1]
Ante esto, surge una pregunta importante: para vivir unidos, ¿tenemos que pensar todos de la misma manera?
¿Tenemos que pensar todos de la misma manera? ¿Es eso unidad?
Es natural tener caminos y opciones diferentes. Cada persona trae consigo una historia, experiencias, valores y formas propias de comprender la realidad. El problema no está en las diferencias, sino en cómo las manejamos. Como dice el Papa León XIV: «debemos desarmar nuestras palabras». [2]
¿Cómo convivir con quienes tienen visiones y estilos diferentes, sin convertir la divergencia en enemistad? ¿Cómo construir la unidad sin exigir que todos estén de acuerdo?
La Hna. M. Nilza Pereira da Silva, desde el ámbito académico, ha seguido de cerca el clima altamente polarizado en su país, Brasil. Recientemente recibió un premio nacional de comunicación y, al reflexionar sobre los desafíos del diálogo en nuestro tiempo, presenta la Alianza de Amor como un camino hacia la unidad:
«Uno de los métodos pedagógicos de Schoenstatt radica en las llamadas ‘tensiones creativas’, es decir, en aprender a convivir de manera positiva con ellas. ¿Por qué? Porque donde hay diferencias, hay tensiones, y estas no tienen por qué ser negativas. Una persona piensa de manera diferente a otra, un grupo piensa de manera diferente a otro, y eso debe respetarse. Son las tensiones las que nos permiten avanzar, pues ponen en diálogo nuevas ideas.
Cuando hablamos de «Cor unum in Patre», «un solo pensamiento y un solo corazón», no nos referimos a un «pensamiento de masa», ni a que todos deban pensar igual. Esta expresión significa que la unidad radica en que todos deseen el bien, unidos en un mismo amor, con un único deseo: unir las diferencias para discernir y cumplir la voluntad de Dios.
El mecanicismo separa; indica que un lado diferente no puede convivir con otro diferente, que no pueden unirse. Las polaridades separan los dos extremos, cada uno en un lado, mientras que una visión orgánica se enfoca en lo bueno que todos tienen en común. Todos tenemos cosas buenas y también limitaciones. Entonces, si sabemos manejar las tensiones de manera sana, buscaremos, juntos, llegar a un consenso —es decir, a un terreno común que una las diferencias para el bien de todos».
La propuesta es desafiante, pero muy concreta: no necesitamos uniformidad en todo para construir algo juntos. Pero sí necesitamos buena voluntad sincera, dialogar y buscar puntos en común. Como dice el Papa León XIV: «Las verdaderas herramientas para construir la paz no son las armas de destrucción, sino la verdad, el diálogo, la paciencia, la bondad, la justicia, la misericordia, la comprensión, el cuidado y el amor» (Mensaje para el Día Mundial de la Paz 2026).

Veamos un ejemplo concreto…
En Burundi, en África, un país marcado por guerras civiles y conflictos entre grupos étnicos, el Santuario de Monte Sión Gikungu se ha convertido en un ejemplo reconocido de paz. Ya ha recibido grandes peregrinaciones, desde ex presos políticos hasta importantes autoridades gubernamentales.
El director nacional del Movimiento en Burundi, el P. Jean Bosco Habonimana, recuerda esta historia:
«El Santuario se inauguró el 23 de octubre de 1994, en un momento en que Burundi atravesaba una guerra civil. No muy lejos del Santuario, en la parte norte de la colina, vivían familias pobres y los rebeldes atacaban con frecuencia esa zona. En la parte baja vivían personas más acomodadas. Durante algún tiempo, la gente del sur de la ciudad temía ir al Monte Sión Gikungu, pues se decía que el lugar pertenecía a los rebeldes.
Con el tiempo, sin embargo, María atrajo a esas personas hacia sí. Muchos de los que antes se negaban a venir comenzaron a visitar el Santuario y, más tarde, dieron testimonio. Durante la guerra, cada vez que se escuchaban disparos, la gente corría a refugiarse a la sombra del Santuario. Muchos creen que nuestra Madre María los protegió a todos, ya que nadie murió en el Monte Sion Gikungu.
En 2009, se organizó una gran celebración para coronar a María como Reina de la Paz y de la Reconciliación, en agradecimiento por la paz que ella ayudó a traer a Burundi. Hoy, a través de la Alianza de Amor, especialmente durante las celebraciones mensuales de la Alianza el día 18, se reúnen personas de todos los grupos étnicos, ricos y pobres, que llegan de todas partes de Bujumbura.
El Monte Sion Gikungu muestra, así, cómo la Alianza de Amor puede convertirse en una verdadera fuente de paz, unidad y reconciliación en un país marcado por la división y el conflicto».
Así fue como el Santuario se convirtió en un punto de encuentro para personas que, en otros contextos, podrían permanecer separadas por el miedo, las diferencias sociales o las heridas de la historia. La Alianza de Amor abrió espacio para una nueva forma de relacionarse: no a partir de lo que divide, sino a partir de lo que puede unir.
¿Y nosotros, hacia dónde queremos caminar?
El mundo sigue dividido, y tal vez no esté a nuestro alcance resolver todos los conflictos que vemos a nuestro alrededor. Pero hay algo que podemos hacer: desde el Santuario de nuestro corazón, elegir cómo miramos a quienes son diferentes, cómo participamos en las conversaciones, cómo reaccionamos ante las divergencias y cómo construimos nuestras relaciones.
La Alianza de Amor nos invita a comenzar por lo que está a nuestro alcance. En nuestras familias, comunidades, lugares de trabajo y espacios de participación social, podemos ser personas que acercan en lugar de dividir, que escuchan antes de juzgar y que buscan el diálogo sin renunciar a nuestros propios valores.
No se trata de ignorar las diferencias ni de aceptar todo sin discernimiento. Se trata de aprender a distinguir lo que realmente nos separa de aquello que, aunque sea diferente, puede enriquecernos. Se trata de construir una unidad que respete a las personas, a partir de la fuerza que nos da el ser parte de esta Familia tan bendecida. En la encíclica Magnifica Humanitas, el Papa nos invita a construir una sociedad unida que, además de tener como fundamento la relación con Dios, tenga «como regla, la aceptación del límite humano como algo natural y positivo; como estilo, la corresponsabilidad y el lenguaje evangélico» (n. 236).
La Alianza de Amor es una respuesta de María ante un mundo dividido. Y esa respuesta cobra vida cada vez que, con ella, sanamos las tensiones de nuestras diferencias y permitimos que transforme nuestra forma de pensar, de amar y de actuar en una corriente sana de vínculos, como la Familia que somos.
Referencias
[1] ANDRACA, P. Rafael Fernández de. El 31 de mayo: una misión para nuestro tiempo. Edición brasileña. Santa María/RS, Brasil.
[2] PAPA LEÓN XIV. Discurso a los representantes de los medios de comunicación. 12 de mayo de 2025. https://www.vatican.va/content/leo-xiv/pt/speeches/2025/may/documents/20250512-media.html


