El fútbol es, sin lugar a dudas, el deporte más popular del planeta, con una audiencia estimada de 3,5 mil millones de espectadores. Ni siquiera hace falta conocer este dato para saber que personas de todo el mundo están atentas, siguiendo los partidos de la Copa del Mundo, que actualmente reúne a selecciones de varios países en busca del título. ¿Y los schoenstattianos? ¡También están atentos!
Todo este revuelo internacional nos recuerda, en este día de la Alianza de Amor, que el deporte es una dimensión importante de la vida de la Alianza. En este sentido, el P. José Kentenich hablaba de la formación integral del ser humano: del cuerpo, del alma, del intelecto, de lo emocional…
«Al comer y beber, hacer ejercicio y cuidar mi digestión, trato de alternar el trabajo y el descanso para conservar la salud. Estudio con ahínco para rendir bien en un examen… En todos estos casos aspiro, por motivos naturales y con fuerzas naturales, a un fin útil para la naturaleza» (Santidad de todos los días).
El P. Vandemir Meister, superior provincial de los Padres de Schoenstatt en Brasil, juega fútbol desde niño. Para él, el deporte y la vida de Alianza van de la mano, como nos cuenta a continuación:
Al repasar mi trayectoria, me doy cuenta de que Dios conduce nuestra vida por caminos sorprendentes y de que la fe y la vida cotidiana siempre van de la mano. Además de mi profunda vocación al sacerdocio, hay otra dimensión que me mueve, me motiva y me acompaña desde mis primeros pasos: el deporte.

El terreno de tierra y la primera adrenalina
Mi historia con el fútbol comenzó en la infancia, de la forma más pura y sencilla posible. Recuerdo con cariño los partidos en casa, con los amigos, bajo un árbol. El «campo» era un pedazo de tierra llena de grava y tierra, con poca hierba, pero allí ya habitaba una alegría inmensa.
Con el tiempo, el deporte reveló su poder social y de unión. A los 12 o 13 años, en la escuela primaria, nos organizamos para crear un campeonato de fútbol entre preadolescentes. El torneo cobró tal magnitud que el campo improvisado —una mezcla de piedras, pasto y terrones— atrajo a una multitud. Recuerdo el impacto que me causó ver acercarse un auto de la Policía Militar para vigilar el movimiento. Para nosotros, los niños de aquella época, la presencia del auto de la policía tenía el mismo peso que una ambulancia de guardia en un gran gimnasio moderno: era la señal definitiva de que nuestro torneo era importante. ¡La adrenalina allí ya era enorme!
Del seminario al mundo: el fútbol sin fronteras
Esa pasión no se quedó atrás cuando decidí seguir la vocación religiosa. El fútbol me acompañó antes, durante y después del seminario. En los tiempos de formación, el balón rodaba casi todas las semanas, fortaleciendo la fraternidad.
Años más tarde, cuando tuve la oportunidad de estudiar filosofía y teología en Alemania, llevé conmigo esa identidad deportiva. En el seminario de los Padres de Schoenstatt, nuestra generación de seminaristas latinoamericanos revivió una tradición adormecida: volvimos a inscribir nuestro seminario en el campeonato que se disputaba entre las casas de formación alemanas. El fútbol allí funcionaba como un lenguaje universal, uniendo a diferentes culturas y pueblos por el amor al juego.

La Pastoral del Deporte: Evangelizar en Movimiento
Al ser ordenado, comprendí que el deporte también podía ser una poderosa herramienta de evangelización y de presencia social. En mis primeros años de sacerdocio en Londrina, Brasil, participé activamente en la Pastoral del Deporte, centrada especialmente en la Parroquia de los Sagrados Corazones. Fueron años de gran dedicación e integración con la comunidad a través de las canchas y los campos.
Más tarde, al ser trasladado a São Paulo, me propuse iniciar la Pastoral del Deporte también en el Santuario de Schoenstatt. El objetivo era claro: fomentar la práctica deportiva en la Iglesia, mostrando que el cuidado del cuerpo, de la mente y de la convivencia comunitaria también forman parte de nuestra misión cristiana.
Fuera de las cuatro paredes: sorpresa y conexión
Actualmente, sigo firme en mi camino deportivo. Además del fútbol, he incorporado una nueva pasión a mi rutina: el tenis. Y confieso que siempre es muy divertido observar la reacción de la gente. Cuando descubren que soy sacerdote, la reacción es casi unánime:
«¡¿Qué?! ¿Hasta el cura juega tenis? ¿El cura juega fútbol?»
Esta sorpresa de los fieles y de mis compañeros de cancha me alegra, pues rompe con el prejuicio de que el sacerdote debe limitarse únicamente al espacio físico de la iglesia. El deporte me permite estar en el mundo, dialogar con realidades diferentes y demostrar que la fe no nos aleja de la vida, sino que la hace más plena.
Correr tras una pelota, emocionarse con un punto o compartir el cansancio después del partido son formas puras de celebrar la vida. Ayer, en el terreno bajo el árbol; hoy, en los campos y las canchas: el deporte siempre ha sido y seguirá siendo mi lugar de encuentro con el prójimo y con Dios.