Al observar a un hombre sencillo, con pocos estudios formales, que vivió lejos de las grandes capitales urbanas, tal vez surja la pregunta: ¿puede enseñarnos algo sobre la educación de los hijos?
El Venerable Diácono João Luiz Pozzobon no pasó por las aulas de la universidad, pero se convirtió en maestro de una verdadera «pedagogía del amor».
Muchos lo conocen principalmente por su misión en el Apostolado de la Virgen Peregrina. Sin embargo, antes de ser misionero de la Virgen Peregrina, João Pozzobon fue un esposo y padre profundamente comprometido con la formación de su familia.
Hoy se nos invita a conocer algunas características de esta relación paterna, a la vez sencilla y profunda, que sigue inspirando a nuestras familias.

Poner a la familia en primer lugar
Sabiendo que João Pozzobon caminó tanto, podríamos imaginar que no tenía tiempo para sus hijos y su esposa. Sin embargo, la familia siempre fue su primer campo de apostolado. Desde el cafecito que le llevaba todos los días a su esposa, en la cama, hasta las conversaciones personales con sus hijos… Muchos gestos revelan a un hombre que fue misionero en su propio hogar.
«Yo le dije a la Madre y Reina que poco importaba mover el mundo entero si descuidaba a mi familia» (João Luiz Pozzobon).
Esta conciencia lo llevó incluso a reunir a todos sus hijos para pedirles «autorización» antes de dedicar más tiempo al Apostolado de la Virgen Peregrina, un gesto sencillo, pero profundamente simbólico.

Tareas domésticas: todos pueden ayudar
Como esposo, João Pozzobon nunca eludió las tareas domésticas. Al contrario, trataba de aliviar la carga de trabajo de su esposa e involucraba a sus hijos en las responsabilidades del hogar. Cada uno tenía funciones bien definidas que se adaptaban a medida que crecían.
«Cuando sus hijos eran pequeños, él, para ayudar a su esposa, enceraba el piso. Cuando crecieron, cada uno tenía su tarea en casa. A su hija Eli le tocaba cocinar y Vilma limpiaba la casa. Cuando había que hacer pan, era él (Don João) quien iba a buscar la leña y la cortaba, tratando de hacer las tareas más pesadas y difíciles. También ayudaba en casa, en todas las tareas domésticas», cuenta Denise Moro, quien fue secretaria del Don João en los últimos años de su vida.
Vivir y aplicar la disciplina
Pozzobon era extremadamente disciplinado en su vida personal. Un claro ejemplo de ello son sus diarios y su Horario Espiritual. Lo mismo aplicaba a sus hijos. Llevaba un informe escrito sobre el comportamiento de cada uno de ellos.
Su hijo Humberto cuenta: «Tenía un cuaderno donde anotaba los nombres de todos sus hijos y les ponía una cruz o una señal. Por ejemplo, si yo desobedecía, ponía una cruz en mi nombre. Lo hacía todos los días. Y si hacíamos una buena acción, tachaba una crucecita. Al final del mes, nos daba unas monedas como recompensa para estimularnos a ser buenos. Hacía este control diario de cada hijo; siempre estaba controlando. Pero no lo hacía enfadado; todo era con mucha delicadeza».

Ayudar a los hijos a descubrir su vocación y a tener autonomía
Pozzobon observaba los dones y talentos de sus hijos y trataba de guiarlos hacia un camino de realización. Los animaba a buscar la vocación designada por Dios y también a encontrar una carrera profesional que les proporcionara independencia. Las hijas pudieron inscribirse en varios cursos y se capacitaron para la vida profesional, dentro de lo que era posible en aquella época. Los hijos fueron asumiendo, poco a poco, el almacén y administrando los negocios.
«Cuando Eli tenía 18 años y estaba encerando el piso, llegó el señor João y le dijo: “Eli, ya puedes salir con chicos”. Eli respondió: «¡Gracias, papá! Pero, por ahora, prefiero quedarme en casa». Y así se quedó, soltera por elección. Y era muy feliz. De joven, quería trabajar en el almacén, pero su padre no la dejó. Se sintió molesta. Consciente de sus dotes, Don João le pagó cursos de costura, bordado, ganchillo y punto. Eli se profesionalizó, confeccionó todos los vestidos de novia de sus hermanas, aprendió a hacer flores con tela y parafina y a hacer ramos. Era muy feliz y se sentía realizada», cuenta Denise, quien lo escuchó personalmente.
Reprender con amor y enseñar con la vida
Humberto recuerda que su padre era un hombre manso y sereno, pero sabía, cuando era necesario, imponer respeto, siempre con amor.
«Era un padre que nunca vimos enfadado. A veces podía estar de mal humor, pero nunca lo vimos enfadado de verdad. Una vez me llamó suavemente. Tenía que ir a un evento y me llamó una, dos, tres veces, pero no le contesté; entonces golpeó el suelo con un palo diciendo: “¡Ven, Humberto, ven!”. Después me contaron que lloró arrepentido por haber hecho eso. Tenía un corazón precioso».

La virtud de la justicia
Entre sus hijos, todos recuerdan la sólida formación en la justicia que recibieron en casa. Para João Pozzobon, «un kilo era un kilo». Como comerciante, nunca alteraba los pesos y las medidas y se aseguraba de dar siempre el cambio correcto.
Esa misma rectitud se manifestaba también en su forma de contar los testimonios del Apostolado de la Virgen Peregrina: todo debía narrarse con verdad, sin exageraciones, incluso al hablar de las gracias recibidas. Para él, la fidelidad a la verdad era parte esencial de la misión.
Educar en la piedad
Para algunos padres puede resultar difícil hablar con sus hijos sobre temas delicados como la muerte o las enfermedades. Pozzobon lo hacía de forma natural, enseñando a los niños que el sufrimiento forma parte de la vida. Llevaba a sus hijos a visitar a personas enfermas y a sus familias y a rezar el rosario. También era habitual ir al cementerio a visitar la tumba de su madre fallecida. Algunas familias privan a los niños de la experiencia del dolor. Pozzobon muestra que esto es necesario para una buena formación humana.
Ser proveedor de bienes materiales y espirituales
Desde muy temprana edad, enseñó a sus hijos el valor del trabajo. Tenía un almacén del que provenía el sustento de la familia, pero también se dedicaba a cultivar alimentos para todos:
«Teníamos un huerto, así que iba a podar, a plantar lechugas, coles, zanahorias… Teníamos de todo en casa. Siempre estaba plantando. Le gustaba plantar árboles frutales: naranjos, limoneros, manzanos, etc. Tenía de todo en su huerto. Era muy activo en ese sentido», cuenta Humberto Pozzobon.
Valoraba la vida espiritual de sus siete hijos. «Siempre intentábamos acompañar los rosarios cuando se rezaban cerca de casa y cuando él no estaba, también rezábamos todos en casa», dice el hijo menor.
Las «siete gracias»
Para João Pozzobon, los hijos nunca fueron una carga, sino una verdadera bendición confiada por Dios. Al referirse a ellos como sus «siete gracias», demostraba una capacidad para reconocer un don y una misión en cada vida. Que su testimonio inspire a los padres de hoy y que podamos recurrir a su intercesión para pedir la gracia de educar a nuestros hijos con el mismo espíritu de amor, responsabilidad y confianza en Dios.
Traducción: Hna. M. Lourdes Macías


