Una promesa que sigue pendiente

Hna. Clara María Bercetche

La Nazarena, un centro de desarrollo humano integral enclavado en el centro del cinturón sur de la ciudad de Buenos Aires, Argentina, es una manera de responder al encargo para la Iglesia que nos deja el Padre José Kentenich.

Pocos meses atrás recordamos los 60 años de la promesa que el Padre José Kentenich expresara al Santo Padre Paulo VI al culminar el Concilio Vaticano II. En nombre de toda la Obra de Schoenstatt ofreció nuestro aporte para la más perfecta realización del Concilio, para hacer vida el estilo sinodal de la Iglesia, en docilidad al Espíritu Santo.

Evidentemente desde el carisma de Schoenstatt esta promesa implica un universo de aspectos. No podríamos dejar de lado nuestro aporte mariano a través de la Alianza de Amor con María, como tampoco nuestra original imagen de Cristo, el Hijo del Padre.

Sin soslayar estas importantes responsabilidades y sabiendo que leyendo los documentos del Vaticano II encontraríamos mucho más, nos sentimos especialmente interpelados por la situación social en nuestra Latinoamérica. Nuestros Santuarios se hallan inmersos en una cultura de la desigualdad de oportunidades y ésta llega a nuestros oídos desde los rostros con los cuales nos cruzamos en las grandes ciudades como en sus conurbanos.

“El porvenir de la humanidad está en manos de quienes sepan dar a las generaciones venideras razones para vivir y razones para esperar” (N° 31. Gaudium et Spes. Concilio Vaticano II).

Al escuchar esta afirmación ¡Con cuánto gozo pensamos en tantas iniciativas sociales que han surgido de la Alianza de Amor que hemos sellado con María!

Hoy hemos elegido una de ellas, La Nazarena, un centro de desarrollo humano integral enclavado en el centro del cinturón sur de la ciudad de Buenos Aires, en la localidad de Florencio Varela.

Una percepción desde las bases

Antes de exponer las ideas de este artículo, me propuse visitar algunas familias en los barrios cercanos. Llegué a lo de Silvia, de 36 años, atravesando, desde el asfalto, unas seis cuadras de tierra despareja, sembrada de escombros y ladrillos.

Me alegro de que ella haya acogido mi pedido y me abra la pequeña reja y la cortina que me permite entrar a su vivienda de un ambiente, dividido por otra cortina. Le pregunto cómo llegó a este barrio, cómo está conformada su familia, cómo se sustenta ya que está sola con sus tres hijos:

-Dos veces por semana trabajo en una casa de familia, a una hora en colectivo desde acá. Hago de todo: desde la limpieza hasta pintar paredes. Tengo que dejar a mis hijos solos en casa, los cuida una vecina. Pero me llevo el menor conmigo.

La miro pensando en lo difícil que debe ser arreglarse con esa escasa entrada, y continúa: -Cuando puedo me voy con mi hija a la ciudad de Buenos Aires a medio día. Desde las cuatro de la tarde recorremos algún barrio revisando los contenedores de basura. A veces me vengo con ropa o con algún otro artículo que lavo y vendo. A veces volvemos con las manos vacías. Estamos de vuelta en casa a eso de las once de la noche.

Le pregunto cómo se arregla con la electricidad. -Por la noche estamos casi en penumbras. Para ahorrar, cocinamos a medias con la vecina.

Mientras ceba su mate relata lo que más teme. -Cuando comienza a llover me encomiendo a la Virgen, si crece el arroyo que pasa por el fondo, se inunda la casa y es agua absolutamente contaminada ya que muchas viviendas no tienen pozos.

Me admiro de la pulcritud con los cuales se presentan sus hijos, su sonrisa y su actitud acogedora.

Y ella continúa: -“La Nazarena es mi casa, mi refugio, mi salvación. Allí me encuentro segura. Hice los cursos de cocina y pastelería, ahora puedo vender tortas”.

En ese tiempo compartido comprobé cómo los fines de La Nazarena se habían hecho concretos:

  • Promover la dignidad de cada mujer y su familia
  • Educar e impulsar a los más necesitados a ser protagonistas del cambio de sus vidas, en alianza con María.

Un centro enfocado hacia la persona en todas sus dimensiones

Antes de despedirme, Silvia me contó algo especial: en la Nazarena la habían invitado a participar de unas reuniones para conocer más sobre la Santísima Virgen. Entonces recordé lo que el Papa Francisco nos decía tantas veces: “La peor discriminación que sufren los pobres es la falta de atención espiritual”. Silvia lleva con especial alegría sobre su pecho la medalla de la Mater ter Admirabilis. No me cabe duda de que como aliada de María y como buena pintora sabrá dar color a la vida de sus hijos.

Seguí mi recorrido llegando a lo de Lorena, de 41 años.

Lorena's daughter

Mientras Uma, una de sus cinco hijos, se arregla el cabello, Lorena me cuenta: -Al morir mi esposo quedamos muy tristes y desanimados. Cuando mi hija de 13 años comenzó con el apoyo escolar en La Nazarena cambió en muy poco tiempo. Ya no se inhibía como antes, se animaba a preguntar y a participar. A través de ese contacto me vinculé yo también. A todos nos hizo bien, allí nos sentimos cómodos y ahora vemos la vida de otro modo.

Lorena me muestra su cuarto con orgullo: -Estos colchones los recibí a través de La Nazarena. Dos de mis hijos tenían que dormir en el suelo. En invierno era difícil. Entonces, a través de Viviana, la Acompañante Familiar de la Nazarena, gestioné la ayuda. El trámite se realizó muy rápido y nos enviaron los colchones que necesitábamos hace tanto tiempo. Además, nos trajeron frazadas de lana.

Le pregunto por el fallecimiento de su esposo. -Lo extrañamos mucho, era un buen compañero. Ahora que no está él, La Nazarena nos ayuda con alimentos y elementos de limpieza.

Mientras escuchaba, en mi interior pasaban encadenándose, los pilares que sustentan la institución:

  • A través de la EDUCACIÓN, ofrecer herramientas necesarias para que las personas se puedan desarrollar por sus propios medios.
  • Desde la SALUD, trabajar para mejorar las condiciones de quienes asisten al Centro.
  • Impulsar una cultura del TRABAJO por medio de cursos, talleres, emprendimientos.

Cuando la solidaridad es sinónimo de alianza

Pasaron las horas y debía seguir mi camino, quería recorrer nuevamente La Nazarena para ver cómo había crecido desde mi última visita. Sonia, la coordinadora del Centro me recibió amablemente y me indicó dónde estaba Viviana que me podría acompañar.

Cruzamos las salitas de jardín, las oficinas, la cocina y el gran comedor, los salones de clase de pequeños y grandes, la biblioteca, el salón para la Orquesta Escuela que ensaya allí y los espacios para los talleres de panadería, pastelería, barbería, peluquería…

Para mi sorpresa divisé al fondo del terreno una nueva edificación, algo así como un gigante galpón recientemente terminado. Al verlo surgió mi pregunta esperada: -¿Y eso?

-¡Es nuestra nueva construcción! –me respondió radiante– el local para nuestra Feria Educativa y Solidaria. Acaba de ser inaugurada y bendecida: una oportunidad para que la gente entregue lo que quiera donar, para que la venta reporte ingresos para sustentar la institución y sobre todo, para orientar y ensayar iniciativas de miniemprendimientos.

Todo vuelve

Mucho ya llevaba contenido en el alma, pero aún tenía aún un deseo: saber algo de aquellos que donan su tiempo generosamente a esta causa. A través de la Hna. María del Carmen que dirige la totalidad de la institución pude contactarme con uno de los tantos voluntarios, el pediatra que los visita cada semana para revisar a los niños detectando anormalidades y orientando a las familias. De este modo conocí a Sergio, médico que reside a 30 km. en la ciudad de La Plata. Pudimos concertar una conversación de la que salí más que enriquecida.

Él comenzó diciendo: – Estuve en varios comedores. Normalmente allí se ofrece alimento y en el mejor de los casos, ayuda escolar. En la Nazarena, en cambio, se atiende todo el núcleo familiar que es lo que sustenta a la persona.

En otras palabras, expresó lo que ya nos decía Paulo VI en la memorable Populorum Progressio: “El desarrollo no se reduce al simple crecimiento económico. Para ser auténtico, debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo el hombre” (n. 14).

Y continuó con sus apreciaciones: -Aquí se respira orden, higiene, respeto, tranquilidad, es un lugar de PAZ. Cada chico se expresa como le sale, obedece -pero no como en un regimiento- se los nota distendidos y felices. Aquí perciben que existe otro modo de vivir al que conocen.

Luego de un intercambio muy interesante cerró nuestro diálogo con algo que deseo transmitir como conclusión:

-Cuando me dicen gracias por lo que hago respondo: Gracias por dejarme venir. Porque todo, todo, vuelve.

Como Familia de Schoenstatt hemos renovado las promesas hechas a San Paulo VI colaborando en la puesta en práctica del Concilio Vaticano II. Ojalá que la promesa se siga cumpliendo por cada uno de nosotros en cientos de gestos solidarios, porque como se aprende en La Nazarena, todo, todo, vuelve.

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