Cambio de vida y valor para atreverse: mi vocación como Hermano de María

Ignacio Suazo

En espíritu de Familia Internacional, dedicamos el primer jueves de cada mes a la «oración por las vocaciones». Este mes de marzo conoceremos el testimonio de Ignacio Suazo, miembro del Instituto Secular de los Hermanos de María de Schoenstatt.

Es chileno y forma parte de la comunidad desde hace tres años.

Los Hermanos de María forman una comunidad de laicos consagrados que desean servir a la sociedad en las diversas profesiones que ejercen: como ingenieros, educadores, artistas, artesanos, abogados, etc. Siempre llevando la huella de la Alianza de Amor en su ser y en su actuar, a imagen de Cristo, formados por María.

Conoce más sobre el proceso de discernimiento de Ignacio y recuerda rezar por nuestras vocaciones:


No sabría decir cuándo escuché por primera vez hablar de los Hermanos de María. Recuerdo haber participado, con 17 o 18 años, en una charla sobre Mario Hiriart, de Pedro M. Dillinger. No recuerdo qué se dijo ahí, pero sí de haber vuelto a mi casa, embargado de una profunda emoción y con sueños y proyectos. Por cierto, nunca asocié nada de esto con un llamado a la comunidad. Eso vendría mucho después.

Un paso consciente fue, en cambio, el año 2005, con la JMJ de Colonia. Estaba en mi último año de colegio y, si bien veía la posibilidad de ir a la Universidad, no sabía bien qué estudiar. Una novena que encontré “casualmente” sobre la Hna. M. Emilie Engel me llevó a pedirle que me ayudara a apartar el temor a la incertidumbre y a decidirme con libertad. Y ella –fiel como es– cumplió con su parte: en una oración muy especial en el Santuario Original comprendí que mi pasión por el mundo de la política era don y tarea. Y con la inspiración de la Mater, me decidí a estudiar sociología, para algún día poder trabajar por mi país en el servicio público.

Dios necesita de laicos que aspiren a la santidad

Esa experiencia fue, a la larga, decisiva: durante mi tiempo en la universidad, Dios me permitió comprender y amar de forma muy privilegiada la familia fundada por nuestro Padre José Kentenich. Pensé muy seriamente en entrar a los Padres de Schoenstatt por ello. Pero este regalo que la Mater y la Hna. M. Emilie me hicieron se convirtió con el tiempo en certeza: Dios necesita de laicos que aspiren a la santidad con la misma seriedad que un sacerdote. Y, ciertamente, también los necesita en el mundo público.

Un siguiente paso fue conocer –en serio– a Mario Hiriart. La que en ese entonces era la postuladora de su causa de canonización me regaló, tras una visita a su casa, el libro «Biografía en cuerpo y alma» de Isabel González. Mario le puso palabras y orden a un montón de intuiciones que tenía en ese momento. Al mismo tiempo, me identifiqué con muchos de los problemas que él tuvo: la dificultad para encontrar tiempo para rezar y escribir, la impotencia de querer y no poder hacer más por Schoenstatt o por otros, la tensión sobre si tomar o no un nuevo apostolado y un larguísimo etcétera.

Me acuerdo de una noche en que cerré el libro y dije en voz alta: «Si este hombre llegó a ser santo así, entonces yo también puedo».

“Terminé con mi novia y decidí dar un vuelco a mi vida…”

Con 30 años me di cuenta de que tenía que cambiar algo. Terminé con mi novia de entonces (una mujer extraordinaria) y decidí dar un vuelco a mi vida…o más bien, Dios lo decidió. Me encontré a las pocas semanas de haber terminado ese “pololeo” con Jaime, un amigo del tiempo de la universidad que había encontrado a Dios viviendo en La Bandera, una población al sur de Santiago, en una sencilla casa de madera. Me fui a vivir con él y estuve ahí durante 6 años. En ese lugar, con el paso de los años, puede ponerle nombre a mi vocación. ¿Laico? Sí, pero buscando entregar el corazón indivisamente a Dios.

En La Bandera fui inmensamente feliz y allí pude haberme quedado el resto de mi vida. Pero conversando con mi acompañante espiritual, surgió la pregunta: si al parecer tienes el llamado y las cualidades, ¿por qué no vivir esa vocación en Schoenstatt? Durante todo este tiempo yo había seguido activo en el Movimiento: es y había sido mi primer gran amor. Decidí entonces, como Teresita de Lisieux, decir “lo quiero todo”. No, en primer lugar, mis proyectos ni políticos ni sociales. Tampoco mis gustos o preferencias. Todo eso está muy bien, pero es María quien debe mostrar qué, cómo y cuándo. Y si con 35 años era aceptado en la comunidad de los Hermanos de María, la respuesta sería clara: ese es el camino que Dios quiere que recorras.

Han pasado tres años desde ese momento y no puedo sino dar gracias a nuestra Madre por el regalo de pertenecer a esta comunidad. El camino ha estado sembrado de dudas, desafíos e incertidumbres (¿Puede ser de otra forma?), pero ella se ha encargado de guiar mi andar con mano bondadosa y firme.

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